El demonio comprado

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Yao Sheng Shakya

Queridos amigos,

El camino del Zen apunta siempre hacia tomar responsabilidad por nuestras acciones y mantener nuestros compromisos. No obstante ¿Cuántas veces nos juramos hacer tal o cual cosa y al cabo de algunos días, nos olvidamos completamente de todo? Friedrich Nietzche dijo una vez que “los hombres viven mintiéndose a sí mismos y, en todo caso, mienten a los demás como caso particular”. Lo mismo puede aplicarse a los compromisos: en general, los compromisos con nosotros mismos son los primeros en caer. Este no es el camino de los practicantes del Zen.

Una clásica historia ilustra lo que quiero decir.

Había una vez un hombre que iba caminando por un gran mercado, de esos mercados con tiendas coloridas de todo tipo, donde se venden vegetales, incienso, pequeñas cajitas de marfil y artículos variados. En uno de los puestos se anunciaba “Se venden demonios”. El hombre estaba muy asombrado claramente (¿quién no lo estaría?) así que consultó al vendedor:

–   Buenos días señor, dígame… ¿Por qué razón alguien iría a comprarle un demonio?

–   ¡Buenas tardes amigo! Oh, estos demonios son muy particulares. Son sumamente obedientes y pueden hacer cualquier tarea del hogar. Usted debe solamente indicarle con precisión que deberes necesita que cumpla cada mañana y cuando vuelva de su trabajo encontrará todo hecho: la cama tendida, la ropa lavada y planchada, la cena lista…

El hombre estaba entusiasmadísimo, ya que era soltero y su casa era prácticamente una pocilga.

–  ¡Bien! Me llevaré el demonio

–  De acuerdo. Pero recuerde, por favor, que debe darle instrucciones al demonio cada día o cosas inesperadas pueden llegar a ocurrirle.

Fue así que nuestro protagonista llevó a su casa a esta criatura con la gran promesa de una vida libre de quehaceres domésticos. Cada día por la mañana, le daba sus órdenes y al volver todo iba de maravillas: su hogar estaba siempre limpio, ordenado y la cena caliente lo esperaba en una mesa impecablemente servida.

Todo fue un sueño hasta que una noche, la noche de su cumpleaños, sus amigos de la oficina dieron una fiesta sorpresa para agasajarlo. Borracho y exaltado por la atención recibida bailó y se divirtió a sus anchas durante toda la noche. Al amanecer, aceptó la gentil invitación de una de sus compañeras de trabajo para “descansar” en su casa.

Finalmente, cuando llegó a su hogar al día siguiente encontró que el demonio estaba cocinando al hijo del vecino. Lo había fijado prolijamente a una estaca, mientras le daba vueltas para que reciba un tostado parejo. Desesperado, corrió al mercado para recriminarle al vendedor su temeridad al venderle el demonio y para implorarle ayuda. El mercader de demonios lo miró resignadamente:

–   Yo le indiqué que jamás dejara al demonio sin ocupación

–   Pero… ¿Qué debía hacer en caso de ausentarme?

–   ¡Ah eso! Muy fácil. Debía decirle al demonio que cuando terminara sus tareas se entretuviera subiendo y bajando de uno de los árboles del jardín.

De esta manera termina nuestra historia. Es un cuento muy antiguo y muy conocido en las áreas donde predomina el Hinduismo y el Budismo. Algunos dicen que la historia ilustra que la mente siempre debe tener una ocupación (incluso hay un refrán que dice “una mente ociosa es el taller del diablo”) para evitar caer en caminos perniciosos. Puede ser. El ocio no siempre es malo, pero el abandono si lo es. Otro significado, más esotérico, dice que la historia hace referencia a las prácticas de meditación: cuando ninguna técnica parece funcionar y la mente está inquieta no queda otra ocupación que observar la respiración haciendo subir y bajar nuestro abdomen y pecho tal como el demonio de la historia con su árbol.

Sea como sea, estimados lectores: ¡mantengan sus compromisos! Busquen los medios para estar siempre motivados, para cumplir con sus objetivos, establézcanse metas concretas y delimitadas a lo largo del día… un día por vez.