El regalo de los insultos

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Yao Sheng Shakya

 

Hace poco, una señora me consultó la mejor forma de tratar con las agresiones ajenas. No es un secreto para nadie que hay mucha gente agresiva suelta por ahí. La violencia verbal adquiere diversos aspectos: provocaciones, insultos lisos y llanos o una versión más sutil que incluye arrastrarnos a tomar partido en una cuestión que no nos interesa o involucra, bajo pena de sufrir los desaires del orador… somos arrastrados a una conversación que no nos involucra y cuyo único corolario será elevar la presión, los latidos y los niveles de adrenalina en sangre del que participe en ella.

Nuestros preceptos budistas, establecen en primer lugar que no iniciemos ninguna forma de agresión (en esto hay que ser razonables, claramente, defenderse de un acto violento cuando peligra nuestra integridad o la de alguien bajo nuestro cuidado es perfectamente permisible).

Más allá del aspecto moral del precepto, está el aspecto práctico: si no iniciamos agresiones, reducimos la posibilidad de que nos agredan, evitamos llamar la atención de aquellas personas pendencieras que están a la busca de un blanco. Esto disminuye la ansiedad que podemos sentir en el nuestra vida diaria. Karma significa “causalidad”. Si no sembramos agresión, no cosecharemos represalias.

¿Pero qué ocurre si no habiendo provocado a nadie nos volvemos blancos de algún tipo de agresión? Muchas veces, es como si lleváramos un blanco pintado en la espalda. Un trabajador eficiente, por ejemplo, muy probablemente atraerá sobre sí el ataque (público o furtivo) de algún colega menos agraciado. Las frustraciones de los demás serán proyectadas sobre nosotros por cualquier motivo: porque nuestro jardín es más bonito, porque tenemos más (o menos) dinero o porque tenemos (o no tenemos) dos hermosos hijos. La lista es infinita.

La siguiente historia plantea una de las posibles formas de hacer frente a estas situaciones.

En una aldea rural de China vivía un viejo maestro Chan. En su juventud, había sido fogoso y aguerrido, capaz de dominar varios estilos de artes marciales, además de un gran meditador. Como si esto fuera poco, era increíblemente hábil para predicar el Dharma y ayudar a los demás a encontrar el Camino. Pero ahora, habiendo llegado el momento de su retiro, se había construído una pequeña cabaña en una comarca remota para disfrutar de su dorada vejez.

Un buen día, llegó al pueblo un joven que había oído de la fama del viejo maestro. Sus puntos de vista, él pensaba, eran diametralmente opuestos a lo del marchito predicador. Además, sus enfoques eran más creativos y sutiles que los del viejo. Se sentía superior en muchos aspectos y de alguna forma receloso de la fama del monje.

Así, con el objeto de “ponerlo en su lugar”, se dirigió al retiro del maestro y lo encontró tomando alegremente el té con algunos de sus antiguos discípulos que estaban de visita. Ahí mismo le espetó:

– Monje, he escuchado tus doctrinas por doquier, pero para mí todo lo que dices no son más que sinsentidos, confundes a la gente con palabrerío inútil y tus pensamientos no tienen sustancia.

El joven, esperó ansiosamente la respuesta, pensando que había clavado su puñal ahí donde dolía. Razonó que el maestro no tardaría en responder y, así, enzarzados en un dramático debate, quedaría clara su superioridad y dejaría en blanco sobre negro frente a los presentes, que el viejo era un farsante. Pero el maestro, se limitó a sonreir y tomar el té, sin apartar la vista del muchacho.

El silencio, enfureció al retador, quién volvió a la carga varias veces subiendo el tono cada vez: atacó sus viejas enseñanzas, lo citó, refutó sus puntos de vista invocando a los clásicos antiguos, puso en duda sus cualidades morales y llegó al final a los gritos, gesticulando como un molino y con la cara roja de ira. Incapaz de discutir con alguien que se limitaba a sonreír y tomar té, se fue airadamente, maldiciendo en voz alta hasta que se perdió de vista.

Los discípulos del maestro estaban conmocionados. ¿Quién era este joven? ¿Y cómo podía ser que el maestro no se haya defendido ante semejantes ataques a la tarea de toda su vida? La Doctrina de Buda había sido atacada y el maestro, hábil polemista y lector de sermones en su juventud no había dicho una sola palabra. Exigían una explicación, una réplica inmediata.

Viendo el sufrimiento de sus discípulos, el maestro sonrío una vez más y habiendo terminado su té, le preguntó a la persona que estaba a su derecha:

– ¿Si alguien se acerca a ti con un regalo y tú no se lo aceptas? ¿De quién es el regalo?

A lo que el discípulo le contesto:

– Si yo no lo acepto, entonces, todavía es de quien lo trajo.

El maestro remató entonces su conclusión:

– Lo mismo vale para la envidia, la rabia y la violencia. Si adquieres la habilidad de reconocer estas emociones en otros y no las aceptas, es decir no te haces cargo de ellas, entonces, se quedan con ellos y continúan perteneciendo a quienes las llevan.

Y así es, queridos amigos, como el viejo maestro lidiaba con este tipo de agresiones. Muchas veces creemos que es nuestro derecho constitucional aleccionar a todos los que nos agreden o dicen algo con lo que no estamos de acuerdo como si fuéramos justicieros… pero lo cierto, es que lo único cambia, no es nuestro agresor, sino nuestro pulso y nuestro día que se arruina.

¡Sean cuidadosos y aprendan a no aceptar estos “regalos”! ¡Es un arte que bien vale la pena aprender!