El rey filósofo

 

Jiaoyuan Fa Shakya
Jiaoyuan Fa Shakya

Muchas veces escuchamos hablar acerca de los agnósticos y los ateos y todos los tipos de gente que debaten vacíamente acerca del poder del amor de Buda. Este amor – podemos decirle amor divino, si así lo deseamos – realmente existe si nosotros abrimos nuestros corazones a él.

Me gustaría contarles un viejo cuento Zen.

Había una vez un reino que era gobernado por un hombre que se creía un gran filósofo. Había estudiado todas las grandes mentes y que había llegado a la conclusión de que la religión era una tontería sin sentido… inaceptable. Así, había decretado, que no había tal cosa como el cielo o el infierno.

Este rey se sentía tan en lo cierto que hizo su doctrina la ley del reino. Desde ese día, fue decretado que estaba en contra de la ley hablar sobre el cielo y el infierno. Hacerlo era un crimen que se castigaba con la muerte. Nadie podría nunca más hablar de estas cosas en su reino.

Un día, un hombre santo pasaba por el dominio del rey. Se puso de pie en una esquina de la calle y predicaba acerca del cielo y el infierno. Alguien lo llamó: – “¡Amigo! ¡Cállate! ¡Si los guardias del palacio te oyen hablar así vas a ser arrastrado a la corte y castigado!”

Pero el hombre santo sólo sonrió y continuó hablando sobre el cielo y el infierno. Y pronto los guardias escucharon su prédica y el hombre santo fue arrastrado ante el Rey.

“¿Cómo se atreve usted a predicra sobre el cielo y el infierno, un tema que he prohibido?” el rey le preguntó al hombre santo.

“¿Espera que yo discuta la filosofía con un bufón como tú?” el santo respondió.

Nadie se había atrevido nunca a hablar con el rey de tal manera. Inmediatamente, el rey se puso de pie, gritando a sus guardias, “¡Llévenselo! ¡Mátenlo!”

El hombre santo levantó la mano y dijo: “¡Señor, por favor! Escúchame por un momento. El enojo ha invadido su pecho. Su mente está ardiendo con odio. Su cara está roja y su sangre late de ira. Su corazón arde de furia… con la furia de matar. ¡En este mismo momento se encuentra en el infierno!”

El rey se detuvo y permaneció inmóvil, golpeado por lo que el santo había dicho. Y sí …estaba  en lo cierto … se enfureció … su rostro estaba rojo y su sangre estaba corriendo … y su mente y su corazón estaban llenos de furia… ardiendo de odio. Y de repent,e se puso las manos sobre su rostro y volvió a sentarse en su trono. Se dio cuenta de que el infierno no es un lugar donde el cuerpo se quema, sino donde el espíritu lo hace. Y entonces, con lágrimas en los ojos, levantó la vista hacia el hombre santo y le dijo: “Y pensar que arriesgaste tu vida sólo para enseñarme esta gran verdad …. Oh, Maestro. ¿Puede perdonarme?”

Y el hombre santo dijo: “Señor, también hay un paraíso … y ahora estás ahí.”