La tela del karma

Jiaoyuan Fa Shakya
Jiaoyuan Fa Shakya

Muchas veces escuchamos acerca de los problemas de los demás y podemos decir, al ver que no hay amenaza para nosotros: “Ese es su problema, no el nuestro”. Por lo general, limitamos nuestra área de preocupación para nuestra propia religión, familia, vecindario o país. Pero olvidamos que el Buda Shakyamuni negaba el sistema de castas y favorecía la inclusión entre sus seguidores. Se dirigió a todas las personas. Algunos se convirtieron. Algunos, al menos, oían su palabra. Algunos no escucharon y se alejaron.

En el judaísmo, hay un cuento de un ratón que se horrorizó cuando vio a la mujer del granjero establecer una nueva trampa para ratones. El ratón salió de la casa y le dijo al pollo: “Ahora hay una ratonera en la casa!”. El pollo chasqueó y se alejó. Luego corrió a las ovejas y les habló de la terrible trampa que estaba en la casa. La oveja dice: “Beeeh” y continuó pastando. El ratón se dirigió a una vaca y expresó temor acerca de la ratonera. La vaca dijo: “Muuuuu”, sacudió la cola y continuó masticando un poco de paja.

El ratón estaba tan avergonzado que nadie había oído hablar de su problema, le gritó: “¿Qué va a pasar ahora con mi pequeña familia?” Una serpiente venenosa le oyó llorar y sabía dónde estaba su cena.

Esa noche, el granjero y su esposa fueron despertados por el fuerte chasquido de la trampa. La mujer del granjero fue a la cocina y en la oscuridad, ella extendió la mano para tomar lo que ella pensaba que era una rata muerta en la trampa. Pero la trampa había cogido la cola de la serpiente y cuando se inclinó, la serpiente la mordió.

El granjero fue con su esposa al hospital, y cuando estuvo lo suficientemente bien como para volver a casa, el médico recomendó una dieta de sopa de pollo. El granjero mató el pollo para hacer sopa. Sus hijos vinieron a ayudar a su madre y para darles de comer el agricultor faenó algunas ovejas. Los vecinos vinieron a ayudar, también. Por último, cuando se recuperó totalmente el agricultor hizo una gran barbacoa para que todos pudieran celebrar. Y ese fue el final de la vaca.

Todos estamos atrapados en la tela del karma de la humanidad y nunca sabemos cómo esta red afectará nuestro propio destino. Puede que no seamos capaces de ayudar a una persona, pero al menos si escuchamos y empatizamos con su angustia, podríamos pensar en algo – algo que nos ayudará a evitar estar en el menú de alguien.

Que los méritos de nuestra práctica beneficie a todos los seres!

El camino real

Jiaoyuan Fa Shakya
Jiaoyuan Fa Shakya
Queridos amigos,
A veces la gente piensa que porque el Budismo Zen enfatiza la “simplicidad elegante” todo el trabajo duro de aprender los conceptos básicos de las Cuatro Nobles Verdades y el Camino Óctuple pueden ser eliminados. Ellos quieren pasar directamente a la meditación, que es lo que la palabra “Zen” (o Chan, en Chino) significa en realidad. Pero hay disciplinas en la personalidad y el carácter que deben ser dominadas antes de que la mente sea preparada para entrar en estados trascendentales. Sin embargo, algunas personas tratan de pasar por alto los aspectos básicos y simplemente sentarse en un cojín y seguir algunas instrucciones acerca de entrar en el estado de meditación y esperan ser recompensados ​​con la Iluminación.
Hace mucho tiempo, el geómetra Euclides fue llamado a Egipto para enseñar geometría a un joven faraón. Comenzó con la forma habitual, a discutir proposiciones, teoremas, axiomas, leyes, y así sucesivamente. El joven faraón estaba seguro de que la geometría tenía que ver con los ángulos y círculos y no veía ninguna razón para estudiar las palabras aburridas. Quería jugar con el compás y la regla. Y así, se quejó, diciendo a Euclides que se diera prisa para llegar al tema de la geometría.
Euclides entonces le explicó que para aprender geometría, era necesario proceder a lo largo de una ruta ardua de conocimientos básicos.
“Yo soy el faraón!” el joven monarca proclamó. “Insisto en que Usted me muestre un atajo!”
Euclides le dijo entonces la famosa frase, “Señor, no hay Camino Real a la geometría.”
Y lo mismo ocurre con muchos de los nuevos estudiantes del Zen. Muchos no quieren seguir el arduo camino de cultivar un carácter virtuoso y superar los obstáculos de carácter débil. Ellos no quieren hacer el trabajo que debe proceder el resultado. No existe un Camino Real al Zen.

Un dia para celebrar

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Yao Sheng Shakya

 

“Seis días trabajarás, mas en el séptimo día descansarás; aun sea en el tiempo de arar y de segar, descansarás.”

Éxodo 34:21

“Nunca confundas movimiento con acción”

Ernest Hemingway

 

Hoy quería hablarles de algo muy importante para todos nosotros: el descanso. Esta es la era de la civilización en donde se ha erigido como ídolo a la eficiencia. No sabemos bien para que queremos la eficiencia, pero a todos nos venden soluciones que nos permiten acercarnos al ideal: comida pre-lista, transportes rápidos, agendas sobre todo tipo de dispositivo o en la nube, métodos diversos para organizarse, videos motivacionales, pastillas mágicas que nos ahorrarán horas de ejercicios… en fin. Me pregunto de que le sirve a una persona ser eficiente si hace las cosas equivocadas. Si, por ejemplo, cursara un programa para ser el más tonto del barrio, lo lograría 15% antes que los demás (disculpen la exageración obvia). Tal vez, esa sea el fin de correr para todos lados: que nos libre de responder estas preguntas.

Aún peor, mucha gente se vuelve adicta a lo urgente. Todo el tiempo, les gusta estar haciendo cosas, no importa qué. La urgencia se vuelve como una droga sin la cual no pueden vivir y, como muchas drogas, les impide hacerle frente a las cuestiones importantes. Son como exploradores abriéndose paso a machetazos en la selva equivocada.

En las oficinas, pero sobre todo en algunas empresas donde el valor colectivo es la urgencia, las personas corren de acá para allá como gallinas sin cabeza, llevando papeles y carpetas en las manos, mandando correos electrónicos (la cantidad de correos enviados y llamados realizados es un parámetro de eficiencia en estos lados) y otras tareas que demuestren movimiento constante. Tal vez nadie entienda si están realmente logrando algo, pero no importa. Mientras nos movamos sin cesar, no sentiremos la necesidad de preguntárnoslo.

La proactividad, idea introducida por el psiquiatra Victor Frankl como “la libertad para elegir nuestra actitud frente a las circunstancias que nos ofrece nuestra propia vida”, ha sido tergiversada por los sectores de recursos humanos de todo el mundo para pedir “gente que se lance a resolver los problemas que surjan como polillas al fuego”. Victor Frankl era además un judío que fue llevado a los campos de concentración, donde perdió a su mujer y a sus padres. En el período de varios años donde fue sometido a todo tipo de privaciones y vejaciones, él desarrolló este concepto, con la íntima convicción de que a pesar de no tener grandes libertades externas (los guardias regulaban cada minuto de la vida de los prisioneros), nadie podría quitarle su libertad interior.

Aún más, el ocio, como actividades que realizamos en nuestro tiempo libre, se liga cada vez más al consumo. No sirve de nada tener tiempo libre si no tenemos dinero para gastar: restaurantes, reuniones con bebidas y alimentos exóticos, discotecas, parques temáticos, consolas de juegos, computadoras, teléfonos, tablets… parece ser la única forma de “disfrutar” ese tiempo libre.

Déjenme contarle un pequeña historia al respecto:

En la antigua China vivía un hombre conocido por su autoconfianza y trabajo duro. Había comenzado muy joven a trabajar en un comercio de comidas y, tras cumplir agotadoras jornadas de trabajo, había acumulado lo suficiente como para abrir su propio local.

La experiencia acumulada sumada a un manejo impecable de las compras y el esfuerzo que ponía en atender a los clientes hizo de su emprendimiento un éxito. Pocos años después, ya contaba con varias sucursales y había comenzado nuevos negocios en las ciudades vecinas.

A medida que su imperio comercial se expandía, también lo hacía su cansancio. Más negocios, más problemas que atender… adicionalmente, su éxito era un imán para los charlatanes, los ambiciosos, los estafadores, gente que robaba su atención a diario. Un día, exhausto, se dio cuenta de que a pesar de su riqueza material, su vida era miserable y sin sentido. No sabía que hacer. Se sentía un poco humillado… imagínense. Toda una vida trabajando para conseguir esto y se daba cuenta de que a su alrededor todo se desplomaba. Su esposa y sus hijos, que una vez habían sido su pilar y la fuente de sus motivaciones, se habían vuelto unos extraños para él. Secretamente, pensaba que lo soportaban más bien. Pensó en que cosas compartían… y no se le ocurrieron muchas cosas más que el techo. Se sentía desorientado y deprimido, así que se decidió a visitar a un viejo maestro Chan que vivía tras las montañas para pedirle consejo. El viaje duraba un par de días, así que avisó a su familia y a los encargados de sus negocios y partió.

El camino era precioso: los bosques vestían tonalidades rojizas y amarillas en el fresco otoño y la brisa traía consigo el frescor de la nieve de las cumbres. Las montañas azules, perfectas y silenciosas se recortaban en el horizonte, inalcanzables. Cada paso que daba aflojaba el nudo en su pecho y esperaba con ansia el encuentro con el maestro. Por las noches, acampaba y comía algunos vegetales que mezclaba con trigo seco y agua.

Un día, cuando estaba por amanecer, llegó a la cabaña donde vivía el maestro. Era un hombre muy anciano, aunque sus movimientos mostraban una gran agilidad. Cuando él llegó, estaba absorto contemplando una tetera de hierro sobre el fuego. Su sonrisa le inspiraba confianza y tranquilidad. El maestro, lo invitó a sentarse en un tronco junto al fuego y le ofreció una taza de té hirviente. Una vez le hubo contado su estado interior y el dilema que cargaba sobre sus hombros, el viejo monje simplemente sonrío y le dijo:

– Buen hombre, vienes a mí abatido y cansado. No hay nada de malo en tus negocios, me cuentas que siempre has obrado con honestidad y esfuerzo. Pero así, como el caminante detiene su marcha y observa el Sol y las estrellas para saber si va en la senda correcta, es justo detenerse de vez en cuando. Todo en este mundo es transitorio, tú, yo, tus riquezas, incluso este bosque y estas montañas desaparecerán a su tiempo. El hombre del Zen lleva dentro su tesoro y va por el mundo con alegría sabiendo que nadie se lo podrá quitar. Buda predicó que esta vida era amarga y dolorosa justamente a causa de nuestros deseos… y que la única forma de salir era acabar con ellos.

– Maestro, he invertido años de mi vida de esta manera y me siento incapaz de cambiar. En mi juventud, me juré que algún día sacaría a mi familia de la pobreza y les daría las comodidades que se merecían. Pero ahora me siento como el árbol que ha derramado toda su savia y ya no tiene más para dar. Estoy muerto por dentro. Sus palabras me conmueven, pero muéstreme un camino que pueda seguir.

– Hijo, no hay recetas mágicas. Cada uno tiene un camino diferente que recorrer. No te arrepientas demasiado. Si no hubieses llegado a este punto, jamás te habrías dado cuenta de lo vacío que era vivir para el mundo. Afortunada o no, tu decisión te trajo aquí. Y si estás aquí, es porque el trabajo invisible ha comenzado. Cada día, una vez terminada tu labor, llega a tu hogar y despréndete de lo que lleves. Báñate con tranquilidad y ceremonia y deja que tus pensamientos se aquieten. Luego, medita. Respira profundamente y siente como, poco a poco, los pensamientos se van como burbujas en la corriente. Siéntate a la mesa con tu esposa, con tus hijos, escúchalos. Ellos no sólo necesitan de tu dinero, sino de ti. Necesitan tu consejo, tu abrazo, tu sonrisa. Practica de esta manera. Un día a la semana, haz las previsiones para dedicarte completamente al Dharma. Medita, pasea por el bosque, comparte con los tuyos las horas que ya no volverán.

– Hay gran sabiduría en tus palabras, pero ¿Qué será de mis negocios? Se resentirán y me arruinaré. La gente que me miraba con admiración no se molestará en saludarme, incluso mi familia me dará la espalda.

– Ese es tu ego hablando. Tu no eres tus negocios, si no, no estarías aquí. Dedícate a ellos, pero no le entregues completamente tu corazón. No dejes que tu estima esté ligada solamente a tu éxito o a tu fracaso. Aquí debes luchar. Cada vez que te encuentres atrapado por este tipo de pensamientos, déjalos irse. Puedes manejar tus actividades sin orgullo ni apego, aunque no lo creas. No regales con ligereza tu tesoro.

Los dos hombres intercambiaron unas palabras más y luego se separaron. Al volver a su ciudad, nuestro protagonista cambió su forma de vivir. Poco a poco, su vida floreció nuevamente. Había aprendido el valor del verdadero descanso.

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Lago Escondido, Bariloche, Argentina. Foto: Yao Sheng Shakya

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El rey filósofo

 

Jiaoyuan Fa Shakya
Jiaoyuan Fa Shakya

Muchas veces escuchamos hablar acerca de los agnósticos y los ateos y todos los tipos de gente que debaten vacíamente acerca del poder del amor de Buda. Este amor – podemos decirle amor divino, si así lo deseamos – realmente existe si nosotros abrimos nuestros corazones a él.

Me gustaría contarles un viejo cuento Zen.

Había una vez un reino que era gobernado por un hombre que se creía un gran filósofo. Había estudiado todas las grandes mentes y que había llegado a la conclusión de que la religión era una tontería sin sentido… inaceptable. Así, había decretado, que no había tal cosa como el cielo o el infierno.

Este rey se sentía tan en lo cierto que hizo su doctrina la ley del reino. Desde ese día, fue decretado que estaba en contra de la ley hablar sobre el cielo y el infierno. Hacerlo era un crimen que se castigaba con la muerte. Nadie podría nunca más hablar de estas cosas en su reino.

Un día, un hombre santo pasaba por el dominio del rey. Se puso de pie en una esquina de la calle y predicaba acerca del cielo y el infierno. Alguien lo llamó: – “¡Amigo! ¡Cállate! ¡Si los guardias del palacio te oyen hablar así vas a ser arrastrado a la corte y castigado!”

Pero el hombre santo sólo sonrió y continuó hablando sobre el cielo y el infierno. Y pronto los guardias escucharon su prédica y el hombre santo fue arrastrado ante el Rey.

“¿Cómo se atreve usted a predicra sobre el cielo y el infierno, un tema que he prohibido?” el rey le preguntó al hombre santo.

“¿Espera que yo discuta la filosofía con un bufón como tú?” el santo respondió.

Nadie se había atrevido nunca a hablar con el rey de tal manera. Inmediatamente, el rey se puso de pie, gritando a sus guardias, “¡Llévenselo! ¡Mátenlo!”

El hombre santo levantó la mano y dijo: “¡Señor, por favor! Escúchame por un momento. El enojo ha invadido su pecho. Su mente está ardiendo con odio. Su cara está roja y su sangre late de ira. Su corazón arde de furia… con la furia de matar. ¡En este mismo momento se encuentra en el infierno!”

El rey se detuvo y permaneció inmóvil, golpeado por lo que el santo había dicho. Y sí …estaba  en lo cierto … se enfureció … su rostro estaba rojo y su sangre estaba corriendo … y su mente y su corazón estaban llenos de furia… ardiendo de odio. Y de repent,e se puso las manos sobre su rostro y volvió a sentarse en su trono. Se dio cuenta de que el infierno no es un lugar donde el cuerpo se quema, sino donde el espíritu lo hace. Y entonces, con lágrimas en los ojos, levantó la vista hacia el hombre santo y le dijo: “Y pensar que arriesgaste tu vida sólo para enseñarme esta gran verdad …. Oh, Maestro. ¿Puede perdonarme?”

Y el hombre santo dijo: “Señor, también hay un paraíso … y ahora estás ahí.”

Empieza y continúa

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Yao Sheng Shakya

 

Una torre de nueve pisos puede nacer de un puñado de tierra o,

Aquí, a tus pies, un viaje de mil millas puede comenzar.

Tao Te King

Versículo 64

 

Hoy quería hablarles de algo muy común. Sabemos lo que es bueno para nosotros, pero muchas veces no tenemos la constancia suficiente para hacerlo. Coincidimos en que ejercitarnos tres veces por semana y comer una fruta por día, seguro es muy sano y nos hará vivir más y mejor. Pero no lo hacemos. Tal vez hay gente que busca excusas y dice “eso no es para mí, odio el ejercicio, odio las frutas, los vegetales son para las tortugas”. Su ego se fijó sobre ciertos comportamientos y se los apropió. Yo soy esto, dicen airadamente. Y mientras digan eso, no pueden cambiar.

Pero hoy no le escribo a ellos (el Budismo no tiene una historia abundante de proselitismo feroz… y no creo mi deber cambiarla ahora). Mucha gente bien intencionada inicia alguna rutina saludable (tal vez una práctica de meditación, ejercitarse o cambiar su alimentación) y a los pocos días el hábito empieza a encogerse y palidecer. Si decidimos salir a caminar a diario luego del trabajo, invariablemente ocurrirá que a los dos días habrá una importante lluvia que nos hará quedar en casa. Y ya que hemos perdido un día de nuestra nueva rutina, al otro día, esa pila de ropa sucia nos exigirá ser lavada y a un día de olvido se le sumará otro más. Ya no fui ayer, no iré hoy, mañana retomamos con todo, nos repetimos. Pronto, la rutina habrá muerto sin pena ni gloria.

Déjenme que les cuenta una pequeña historia al respecto:

Había una vez, una mujer que se sentía agotada. En el pasado, había sido una madre ejemplar, trabajadora eficiente y gran ama de casa, pero poco a poco, una modorra lenta la había ido invadiendo hasta que las tareas más leves le costaban enormemente. Estaba contrariada y confundida por la situación, así que se dirigió al médico del pueblo.

El doctor, la revisó exhaustivamente y luego de hacerle gran cantidad de preguntas le dijo:

– Señora, no hay nada malo con Usted. Su corazón está bien, sus pulmones están sanos y sus reflejos son como los de una chica de quince años. Pero por lo que me cuenta, fue una mujer muy activa y poco a poco fue perdiendo esa actividad. Sé que esto no le parecerá muy científico de mi parte, pero la energía, cuanto más se gasta más se repone. ¡Tiene que gastar su energía diariamente para tener al otro día de sobra! Estará curada cuando pueda caminar diez kilómetros por día.

Y de esa manera, despidió a su paciente afablemente.

La buena mujer llegó a su casa, pero no sabía que hacer. En su estado, caminar diez kilómetros por día le parecía algo imposible. Así que no hizo caso del consejo durante un par de días, hasta que su hijo, que conocía la situación le dijo que visitara a un viejo maestro Chan, conocido por su sabiduría simple y sus buenos consejos.

Sin mucho que perder, se dirigió a visitar al maestro. Cuando llegó, el anciano la recibió amablemente y la invitó a tomar una taza de té. Una vez la mujer le expuso su situación el maestro le aconsejó:

–  Entiendo que su médico le recomendó caminar diez kilómetros diarios. Eso está muy bien, pero le será muy difícil pasar de la inactividad absoluta a hacer esa cantidad. Haga lo siguiente: cuando haya terminado de desayunar, salga a caminar una vuelta a la manzana de su casa. Al regresar, queme un poco de incienso y agradezca humildemente por haber podido completar su rutina. Agradezca por los beneficios que esto le traerá y ore por fuerzas para mantenerla religiosamente. Imagine su nueva rutina como un nuevo pilar en su vida: si el pilar se cae, su vida se derrumbará de nuevo. Su trabajo es mantener ese pilar en pie a toda costa. Si llueve, lleve un paraguas y dígase “mejor, esto me fortalecerá aún más”. Lo mismo si hace frío, abríguese. Si hace calor, llévese algo fresco para tomar. Use su creatividad para mantenerse en práctica como mejor le parezca. Pero no la abandone por ninguna razón. Cuando haya pasado una semana, incremente el recorrido: tal vez dos o tres vueltas. No tome una actitud de desafío consigo misma. Simplemente aumente razonablemente la cantidad de forma confortable. La fuerza no está en la intensidad o en la cantidad, la fuerza es la constancia. Así el agua vence a la roca, gota a gota, y no porque el agua sea más fuerte, sino porque no se rinde jamás. Si algún día, a pesar de todos sus esfuerzos, un problema imprevisto surge, trate de hacer su rutina en otro horario, si no puede bajo ningún aspecto, eleve una pequeña oración expresando su arrepentimiento. Pero, pase lo que pase no deje caer al pilar.

Y habiéndole aconsejado así, la despidió y le deseó suerte.

La mujer, siguió el consejo del maestro al pie de la letra y en pocos meses fue capaz de caminar los diez kilómetros diarios. Su autoestima mejoró y su cansancio desapareció. Con la ayuda del médico y del maestro Chan logró su objetivo, pero la fuerza residió en ella misma.

¿Cómo es que funciona el consejo del maestro? Lo importante, no es caminar diez kilómetros por día o cambiar de alimentación. La fuerza reside en el poder del hábito. Los hábitos, buenos o malos, son como rutinas que nuestro cerebro crea para facilitar la vida. Los hacemos sin pensar, tanto nos beneficien como nos perjudiquen. ¡Y es bastante difícil crear un hábito! Requiere tiempo, paciencia y dedicación. El maestro sabía que si le decía que camine los diez kilómetros por día, al segundo día, cansada del trajín abandonaría. El truco era empezar caminando unas pocas cuadras. De esa manera, la mujer no podría negarse. No buscaría excusas diciendo que estaba muy ocupada o que era muy débil para hacerlo. Y una vez arraigado el hábito, podría ampliarse según necesidad. A las pocas semanas de una rutina, la hacemos automáticamente, un indicador de que pasamos del esfuerzo conciente al hábito automático.

¡Sean constantes y podrán vencer muchas dificultades! Cómo se ha dicho: el camino tiene dos reglas: empieza y continúa.

 

Crédito: http://geologia.soopbook.es/

El regalo de los insultos

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Yao Sheng Shakya

 

Hace poco, una señora me consultó la mejor forma de tratar con las agresiones ajenas. No es un secreto para nadie que hay mucha gente agresiva suelta por ahí. La violencia verbal adquiere diversos aspectos: provocaciones, insultos lisos y llanos o una versión más sutil que incluye arrastrarnos a tomar partido en una cuestión que no nos interesa o involucra, bajo pena de sufrir los desaires del orador… somos arrastrados a una conversación que no nos involucra y cuyo único corolario será elevar la presión, los latidos y los niveles de adrenalina en sangre del que participe en ella.

Nuestros preceptos budistas, establecen en primer lugar que no iniciemos ninguna forma de agresión (en esto hay que ser razonables, claramente, defenderse de un acto violento cuando peligra nuestra integridad o la de alguien bajo nuestro cuidado es perfectamente permisible).

Más allá del aspecto moral del precepto, está el aspecto práctico: si no iniciamos agresiones, reducimos la posibilidad de que nos agredan, evitamos llamar la atención de aquellas personas pendencieras que están a la busca de un blanco. Esto disminuye la ansiedad que podemos sentir en el nuestra vida diaria. Karma significa “causalidad”. Si no sembramos agresión, no cosecharemos represalias.

¿Pero qué ocurre si no habiendo provocado a nadie nos volvemos blancos de algún tipo de agresión? Muchas veces, es como si lleváramos un blanco pintado en la espalda. Un trabajador eficiente, por ejemplo, muy probablemente atraerá sobre sí el ataque (público o furtivo) de algún colega menos agraciado. Las frustraciones de los demás serán proyectadas sobre nosotros por cualquier motivo: porque nuestro jardín es más bonito, porque tenemos más (o menos) dinero o porque tenemos (o no tenemos) dos hermosos hijos. La lista es infinita.

La siguiente historia plantea una de las posibles formas de hacer frente a estas situaciones.

En una aldea rural de China vivía un viejo maestro Chan. En su juventud, había sido fogoso y aguerrido, capaz de dominar varios estilos de artes marciales, además de un gran meditador. Como si esto fuera poco, era increíblemente hábil para predicar el Dharma y ayudar a los demás a encontrar el Camino. Pero ahora, habiendo llegado el momento de su retiro, se había construído una pequeña cabaña en una comarca remota para disfrutar de su dorada vejez.

Un buen día, llegó al pueblo un joven que había oído de la fama del viejo maestro. Sus puntos de vista, él pensaba, eran diametralmente opuestos a lo del marchito predicador. Además, sus enfoques eran más creativos y sutiles que los del viejo. Se sentía superior en muchos aspectos y de alguna forma receloso de la fama del monje.

Así, con el objeto de “ponerlo en su lugar”, se dirigió al retiro del maestro y lo encontró tomando alegremente el té con algunos de sus antiguos discípulos que estaban de visita. Ahí mismo le espetó:

– Monje, he escuchado tus doctrinas por doquier, pero para mí todo lo que dices no son más que sinsentidos, confundes a la gente con palabrerío inútil y tus pensamientos no tienen sustancia.

El joven, esperó ansiosamente la respuesta, pensando que había clavado su puñal ahí donde dolía. Razonó que el maestro no tardaría en responder y, así, enzarzados en un dramático debate, quedaría clara su superioridad y dejaría en blanco sobre negro frente a los presentes, que el viejo era un farsante. Pero el maestro, se limitó a sonreir y tomar el té, sin apartar la vista del muchacho.

El silencio, enfureció al retador, quién volvió a la carga varias veces subiendo el tono cada vez: atacó sus viejas enseñanzas, lo citó, refutó sus puntos de vista invocando a los clásicos antiguos, puso en duda sus cualidades morales y llegó al final a los gritos, gesticulando como un molino y con la cara roja de ira. Incapaz de discutir con alguien que se limitaba a sonreír y tomar té, se fue airadamente, maldiciendo en voz alta hasta que se perdió de vista.

Los discípulos del maestro estaban conmocionados. ¿Quién era este joven? ¿Y cómo podía ser que el maestro no se haya defendido ante semejantes ataques a la tarea de toda su vida? La Doctrina de Buda había sido atacada y el maestro, hábil polemista y lector de sermones en su juventud no había dicho una sola palabra. Exigían una explicación, una réplica inmediata.

Viendo el sufrimiento de sus discípulos, el maestro sonrío una vez más y habiendo terminado su té, le preguntó a la persona que estaba a su derecha:

– ¿Si alguien se acerca a ti con un regalo y tú no se lo aceptas? ¿De quién es el regalo?

A lo que el discípulo le contesto:

– Si yo no lo acepto, entonces, todavía es de quien lo trajo.

El maestro remató entonces su conclusión:

– Lo mismo vale para la envidia, la rabia y la violencia. Si adquieres la habilidad de reconocer estas emociones en otros y no las aceptas, es decir no te haces cargo de ellas, entonces, se quedan con ellos y continúan perteneciendo a quienes las llevan.

Y así es, queridos amigos, como el viejo maestro lidiaba con este tipo de agresiones. Muchas veces creemos que es nuestro derecho constitucional aleccionar a todos los que nos agreden o dicen algo con lo que no estamos de acuerdo como si fuéramos justicieros… pero lo cierto, es que lo único cambia, no es nuestro agresor, sino nuestro pulso y nuestro día que se arruina.

¡Sean cuidadosos y aprendan a no aceptar estos “regalos”! ¡Es un arte que bien vale la pena aprender!

La muerte y las semillas de mostaza

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Yao Sheng Shakya

Queridos amigos,

Cuando alguien muere, a menudo escuchamos a algunos Budistas hablar acerca de la reencarnación y de que será del difunto en su próxima vida. El Zen tiene un punto de vista más pragmático acerca de la muerte.

En India, Buda solía viajar de ciudad en ciudad para dar sus charlas. La gente venía desde muy lejos para escucharlo. Muchas veces, le solicitaban consejo, a lo que el accedía amablemente.

Una joven madre, llamada Kisa Gotami, vivía sola en su casa mientras su marido viajaba por el país como parte de su trabajo. Ella era una chica inexperta y vivía bastante lejos de su madre como para recibir consejos cada vez que lo necesitaba (y en esa época ¡no existían los teléfonos!).

Una noche, su pequeño hijo se enfermo. A pesar de todos sus esfuerzos y buenas intenciones, el niño murió. Incapaz de aceptar la tragedia, durante días y días continuó acunando al niño, cantándole, contándole cosas… con la secreta esperanza de que respondiera.

Un vecino se apiadó de ella y le sugirió a Kisa que llevara el bebé al Buda, quien estaba predicando en un pueblo cercano. “Si alguien puede ayudarte con tu niño, es Él”, le dijo el vecino. Así que Kisa acudió al Buda, llevando el cuerpo de su hijito.

“¿Curarás a mi hijo?” le preguntó al Buda cuando lo encontró “Está en un sueño profundo y no quiere despertar”

El Buda comprendía el problema. Kisa no podía aceptar el hecho de haber perdido a su pequeño. Aún así, le dijo: “Puedo ayudarte. Debes visitar una casa y conseguir allí algunas semillas de mostaza para que haga un ungüento con ellas. Pero hay algo muy importante que debes observar: en la casa dónde obtengas esta semilla no debe haber muerto nadie, nunca”.

Así, ella fue a la primer casa y preguntó al hombre que la atendió si le daría unas semillas de mostaza. La semillas eran algo común y barato entre la gente, así que este no dudó en darle algunas. “Sólo hay una cosa además”, le dijo Kisa “nadie debe haber muerto en esta casa”.

“Oh, entonces no puedo ayudarte. Mi esposa murió en su cama aquí hace alrededor de un año”, le explicó el viudo.

Kisa fue a otra casa. Aunque el dueño estaba listo para ayudarla, tuvo que admitir que había perdido a su padre hace unos meses, con lo cual sus semillas no serían de utilidad.

Y así fue ella, casa por casa, hasta que hubo visitado cada lugar del pueblo sin que nadie pudiera ayudarla. Entonces ella volvió al Buda, y con lágrimas en los ojos, aceptó enterrar a su hijo.

La flecha envenenada

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Yao Sheng Shakya

Queridos amigos,

Muchas veces se cuestiona nuestra fe en el Budismo, o en sus prácticas o incluso nuestras convicciones espirituales en general. Viene alguien que presiona por detalles, y nos confronta con otros puntos de vista religiosos o espirituales, a veces, con frases hechas de gente “con autoridad”, quién seguramente debe saber mucho más que nosotros. Lo único importante en el Zen es salvarse de una existencia dolorosa, curar nuestras heridas y sentirnos completos y felices con nuestras vidas.

Buda, cuando predicaba, ilustró este hecho con la siguiente parábola:

– Supongan que un hombre ha sido herido con una flecha embebida en veneno. Los que lo acompañaban, rápidamente llamaron a un médico para que lo atienda y se haga cargo de las curaciones. Cuando éste se aprestaba a retirar la flecha, el herido le dice: “¡Espera! Antes de que este hombre me toque quiero saber a que casta pertenece… si es un Brahman, o un Guerrero, o un Mercader, o un Trabajador. No dejaré que este hombre me toque hasta saber más de él: quienes eran sus padres, de donde proviene su familia, si es honesto, o deshonesto, a qué dedica su tiempo libre… Además habrá que ver cómo es la flecha… de que está hecha, si de pino o bambú… si fue disparada por un arco simple o compuesto, hecho con una vara de madera o con huesos de buey. Estimo que todo esto es muy importante aclararlo antes de retirar la flecha…

Y así siguió el hombre preguntándose cosas que seguramente para él eran muy importantes… hasta que el veneno hizo su efecto y murió.

Ese es el consejo de la parábola: que cuando pidamos ayuda, aceptemos lo que nos brindan desinteresadamente y sin intentar analizar cada detalle, confrontando para conocer particularidades que no tienen nada que ver con el asunto.

El Zen es el camino de la simplicidad. No necesitamos ser tratados andantes de teología para empezar una práctica de meditación de diez minutos al día. No necesitamos conocer el mecanismo neurológico exacto para mostrar una sonrisa. No necesitamos aclarar una montaña de dudas para vivir con alegría en el momento presente.

El Buda y la barca

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Yao Sheng Shakya

Queridos amigos,

¿Han notado cuán a menudo desperdiciamos tiempo perfeccionando cosas que realmente no llevan a nada? Muchas veces, las personas se sienten atraídas por la estética del Budismo. Entonces, deciden que será su religión y pasan horas y horas armando bonitos altares, buscando o confeccionando prendas que muestren los devotos budistas que son.

Otras veces, pasamos horas discutiendo si una religión es mejor que la otra, o más atractiva, o lo que fuera… perfeccionando nuestras cualidades dialécticas completamente en vano.

Aún peor, algunas personas logran casi completamente adoptar una actitud de santidad, mientras internamente están llenos de los mismos deseos egoístas de siempre.

Déjenme contarles una historia:

Un día, Buda estaba esperando a la orilla de un río. Una embarcación hacía un servicio continuo de orilla a orilla para cruzar a los viajeros que en ese punto eran muchos, ya que estaba en una concurrida ruta de peregrinaje. El servicio era lento, ya que el barquero estaba viejito ya, aunque sólo cobraba a los peregrinos una pequeña moneda por su viaje.

Mientras esperaba que el bote regresara a su lado del río, se le acercó el devoto de un famoso Gurú y le dijo, intentando provocarlo:

– A pesar de todas tus palabras y sermones, veo que no tienes ningún poder que valga la pena. ¿No te esfuerzas lo suficiente en dominar los poderes espirituales? Mi maestro invirtió largos años para alcanzar el poder de levitar. Si estuviera aquí y quisiera cruzar el río, simplemente flotaría a través de las aguas, en vez de esperar la barca.

El Buda, sorprendido, tardó sólo un instante en contestar:

– ¿Años? ¿Dices que tu maestro tardó años en aprender a levitar? ¿Por qué habría invertido tanto de su tiempo en aprender algo que puede comprarse con esta pequeña moneda?

Y así es, que debemos meditar a diario sobre nuestras acciones. Nuestro tiempo es nuestra vida. No lo desperdicien en tareas sin valor.

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El ladrón generoso

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Yao Sheng Shakya

Queridos amigos,

A menudo nos pone sumamente contentos ayudar a alguien que lo necesita. Lo cierto es que muchas veces nos sentimos halagados de que hayan acudido a nosotros y, aunque no queramos reconocerlo nos sentimos un poco “superiores”. Si no ¿por que habrían acudido a nosotros? Luego, cuando otra persona viene en nuestra ayuda, respondemos al pedido ya que, después de todo, tenemos una imagen que mantener de ser personas amables y bien dispuestas.

El Zen nos enseña en cuantos problemas nos podemos meter cuando nos sentimos obligados por nuestros propios egos a ayudar, ayudar y ayudar, sin meditar un momento en nuestras motivaciones.

Déjenme que les cuente una pequeña historia:

 

Un joven padre de familia trabajaba en una verdulería y, durante tiempos difíciles en el país donde la comida era escasa, hurtaba algunos vegetales para su esposa y sus hijos.

Al enterarse de esto, su hermano y su suegra, acudieron a él y le suplicaron que les trajera algunos vegetales y frutas extra. Ya era difícil para él sustraer comida para su familia, pero sintiendo que no podía negarse, se prestó a ello.

Pronto, su hermano y su suegra sintiéndose “muy orgullosos” (y algo más inteligentes que la media, también) de que tenían un familiar tan caritativo, corrieron el rumor por todo el barrio y pronto algunos vecinos acudían a él para pedirle que les consiguiera un poco para ellos.

Así fue como el dueño de la tienda se dio cuenta del robo y denunció a nuestro joven protagonista. El hombre fue arrestado y culpado por la sustracción de la mercadería. Su familia estaba claramente avergonzada. Obviamente, nadie podía confesar que había estado recibiendo mercadería robada. Y confesémoslo, nadie quiere tener sangre en común con un ladrón… aunque, en privado, los beneficiarios de antaño le decían a nuestro bienintencionado ladrón frases del tipo “cualquier cosa que necesites estaremos aquí para ayudarte”, sus discursos nunca se concretaron.

¿Quién colaboró para pagar los honorarios de su abogado? Nadie

¿Quién se prestó a asistirlo mientras estaba en la cárcel? Nadie

¿Quién ofreció sostener económicamente a su familia mientras estaba preso? Nadie

Uno de los principales preceptos del Zen nos prohíbe tomar algo que no es nuestro. Si el hubiese cumplido  esa regla, no hubiese plantado en su conducta ese hábito que creció y creció hasta llevarlo a la cárcel. Muy tarde aprendió que el deseo de agradar, de ser amable sin importar que, había arruinado su vida y la de su familia.

Normalmente escuchamos todo tipo de discursos que nos animan a ayudar, a compartir, a dar todo de nosotros a los demás ¿Quién puede estar en contra de eso? Pero cuando nuestro ego toma el control, bañado de la satisfacción de ser el héroe del día, entonces nuestra conducta se apodera de nosotros y nos volvemos ciegos a toda posible consecuencia.

 

El demonio comprado

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Yao Sheng Shakya

Queridos amigos,

El camino del Zen apunta siempre hacia tomar responsabilidad por nuestras acciones y mantener nuestros compromisos. No obstante ¿Cuántas veces nos juramos hacer tal o cual cosa y al cabo de algunos días, nos olvidamos completamente de todo? Friedrich Nietzche dijo una vez que “los hombres viven mintiéndose a sí mismos y, en todo caso, mienten a los demás como caso particular”. Lo mismo puede aplicarse a los compromisos: en general, los compromisos con nosotros mismos son los primeros en caer. Este no es el camino de los practicantes del Zen.

Una clásica historia ilustra lo que quiero decir.

Había una vez un hombre que iba caminando por un gran mercado, de esos mercados con tiendas coloridas de todo tipo, donde se venden vegetales, incienso, pequeñas cajitas de marfil y artículos variados. En uno de los puestos se anunciaba “Se venden demonios”. El hombre estaba muy asombrado claramente (¿quién no lo estaría?) así que consultó al vendedor:

–   Buenos días señor, dígame… ¿Por qué razón alguien iría a comprarle un demonio?

–   ¡Buenas tardes amigo! Oh, estos demonios son muy particulares. Son sumamente obedientes y pueden hacer cualquier tarea del hogar. Usted debe solamente indicarle con precisión que deberes necesita que cumpla cada mañana y cuando vuelva de su trabajo encontrará todo hecho: la cama tendida, la ropa lavada y planchada, la cena lista…

El hombre estaba entusiasmadísimo, ya que era soltero y su casa era prácticamente una pocilga.

–  ¡Bien! Me llevaré el demonio

–  De acuerdo. Pero recuerde, por favor, que debe darle instrucciones al demonio cada día o cosas inesperadas pueden llegar a ocurrirle.

Fue así que nuestro protagonista llevó a su casa a esta criatura con la gran promesa de una vida libre de quehaceres domésticos. Cada día por la mañana, le daba sus órdenes y al volver todo iba de maravillas: su hogar estaba siempre limpio, ordenado y la cena caliente lo esperaba en una mesa impecablemente servida.

Todo fue un sueño hasta que una noche, la noche de su cumpleaños, sus amigos de la oficina dieron una fiesta sorpresa para agasajarlo. Borracho y exaltado por la atención recibida bailó y se divirtió a sus anchas durante toda la noche. Al amanecer, aceptó la gentil invitación de una de sus compañeras de trabajo para “descansar” en su casa.

Finalmente, cuando llegó a su hogar al día siguiente encontró que el demonio estaba cocinando al hijo del vecino. Lo había fijado prolijamente a una estaca, mientras le daba vueltas para que reciba un tostado parejo. Desesperado, corrió al mercado para recriminarle al vendedor su temeridad al venderle el demonio y para implorarle ayuda. El mercader de demonios lo miró resignadamente:

–   Yo le indiqué que jamás dejara al demonio sin ocupación

–   Pero… ¿Qué debía hacer en caso de ausentarme?

–   ¡Ah eso! Muy fácil. Debía decirle al demonio que cuando terminara sus tareas se entretuviera subiendo y bajando de uno de los árboles del jardín.

De esta manera termina nuestra historia. Es un cuento muy antiguo y muy conocido en las áreas donde predomina el Hinduismo y el Budismo. Algunos dicen que la historia ilustra que la mente siempre debe tener una ocupación (incluso hay un refrán que dice “una mente ociosa es el taller del diablo”) para evitar caer en caminos perniciosos. Puede ser. El ocio no siempre es malo, pero el abandono si lo es. Otro significado, más esotérico, dice que la historia hace referencia a las prácticas de meditación: cuando ninguna técnica parece funcionar y la mente está inquieta no queda otra ocupación que observar la respiración haciendo subir y bajar nuestro abdomen y pecho tal como el demonio de la historia con su árbol.

Sea como sea, estimados lectores: ¡mantengan sus compromisos! Busquen los medios para estar siempre motivados, para cumplir con sus objetivos, establézcanse metas concretas y delimitadas a lo largo del día… un día por vez.

El hombre que consiguió un trabajo

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Yao Sheng Shakya

 

Queridos amigos,

Todos sabemos que tiene algunas dificultades entrar a un grupo nuevo. No importa si nos mudamos a un nuevo barrio, o cambiamos de trabajo o nos casamos y en el proceso adquirimos toda una familia nueva! Nos sentimos un poco extraños y nos preocupamos acerca de lo que otra gente podría pensar sobre nosotros. Además, suele haber demasiadas cosas que aprender y procesar sobre la convivencia con los nuevos vecinos, las costumbres de nuestra nueva “familia” o el ambiente de trabajo. Tenemos que aprender los nombres de la gente, que hacer en que lugar y, muchas veces, balancear nuestras opiniones para que no desentonen demasiado. Queremos ser aceptados, tememos que nos critiquen por nuestros errores. Así, nunca nos detenemos a pensar que es precisamente este temor el que nos vuelve torpes o extraños a los ojos de los demás. Esto ocurre también cuando una persona entra en un nuevo grupo religioso: siente que todos lo van a juzgar porque no sabe como rezar o prosternarse o porque no conoce como cantar un determinado himno o porque no puede afrontar hacer una donación adecuada a las expectativas del grupo. Muchas veces ocurre, que así se hiere el orgullo de las personas y estas abandonan un grupo en búsqueda de otro donde probablemente encajen.

Déjenme contarles una vieja historia. Había una vez en China un hombre que quería unirse desesperadamente a una sangha (comunidad religiosa) , aprender las enseñanzas budistas y vivir de acuerdo a ellas.

Sin embargo, cada vez que iba a una reunión por primera vez, se sentía muy avergonzado como para quedarse. Un día, cuando estaba huyendo del templo, se encontró con un viejo monje Zen:

-¿Por qué abandonas el servicio tan temprano?

Le preguntó el monje. El buen hombre le explicó su problema con los temores que lo inundaban, el sentimiento de sentirse continuamente inadecuado. El “miedo al fracaso” era lo que lo impulsaba de esta manera.

El viejo monje lo invitó a sentarse y continuó:

-Dejame contarte esta historia. Una vez, conocí a un hombre que nunca podía mantener un trabajo porque siempre tenía miedo de hacer o decir algo que podría perjudicarlo, y así, este miedo era la causa de que cometiera innumerables errores. Esto es lo que el miedo hace a una persona: lo entorpece. Este hombre perdía un trabajo atrás del otro. Otro día ocurrió que fue con un amigo a una tienda donde vendían costosísimos jarrones de porcelana. Su miedo despertó de nuevo, temiendo que pudiera romper algo… así sucedió que en ese estado de ansiedad, su amigó lo llamó y al darse la vuelta ¡tiró un esbelto jarrón y lo rompió! Peor todavía, no tenía dinero para pagar por el daño. El propietario del negocio estaba sumamente enojado, le dijo “Si no tenés plata para pagar el jarrón, vas a tener que empezar a devolverme lo que me quitaste. En el cuarto de atrás podés cambiarte y tomar los utensilios para barrer los pisos, limpiar las ventanas y mantener todo limpio y ordenado. ¡Vamos no tengo todo el día!”. En un estado de ira incontenible, le ordenó que debería quedarse ayudando en la tienda los días suficientes como para pagar por el jarrón roto. Si incluso cometía más errores o rompía algo debería quedarse más días y así indefinidamente. Nuestro torpe hombre, encontró un consuelo momentáneo a su situación pensando que al menos tenía un trabajo estable. Con esta confianza, pudo sobreponerse a su temor y volverse un excelente empleado.ía un trabajo estable. Con esta confianza, pudo sobreponerse a su temor y volverse un excelente empleado.

Y tú, cuando te portas de esta manera porque tu orgullo te hace temer que cometerás un error… eres cómo aquel hombre. ¿No sería mejor si primero conquistaras tu temor y luego volvieras y aprendieras los cantos de la misma manera fácil o difícil en que los aprendemos todos? ¿O que a través de muchos errores aprendieras cuando arrodillarte o cuando ponerte de pie durante el servicio? Así que vuelve al templo, tragate tu orgullo y tu temor se disipará.

Fue así como ese hombre se convirtió en un miembro permanente de la sangha y con el tiempo fue uno de los miembros más destacados.